Las profundidades marinas se han utilizado con frecuencia como metáfora del mundo subconsciente. No nos extraña. También en ese Mar de las Calmas de la geografía psíquica aparecen a veces cráteres de una actividad inusitada que acaban conduciéndole a uno al diván del psicoanalista o a la consulta del psiquiatra. Por las rendijas del subconsciente llegan a las superficie consciente gases, materiales y fluidos que alteran la existencia cotidiana de cada uno como el cráter de El Hierro ha alterado la vida colectiva de los habitantes de La Restinga que era, hasta el momento, un lugar paradisíaco para los aficionados al buceo. ¿Qué habrá ahí abajo?, se preguntaban estos exploradores submarinos ante la belleza de lo que atisbaban. Pues ahí tienen lo que había. Es lo mismo que se pregunta el espectador ante el rostro impasible de algunos personajes de Hitchcock tipo Marnie la ladrona. ¿Qué habrá ahí debajo? Pues un cráter, siempre hay un cráter, un agujero, el agujero que nos constituye.
Te dices: «Total, por una noche…», que viene a ser como decir en la ruleta rusa: «Total, por una bala…» Esa bala te puede matar. Esa habitación puede permanecer en la memoria el resto de tu vida. No hay nada peor que abandonar una habitación de hotel llevándosela dentro. Pero la cuestión es ésta: ¿Por qué este cuarto, siendo idéntico a tantos otros por los que he pasado, me provoca esta tristeza infinita? ¿Por qué este cuarto de baño, que posee una disposición habitual, da miedo? ¿Es distinto el bidé, la ducha, el retrete, el secador del pelo? Pues la verdad, no. Lo que le ocurre a esta habitación, en fin, es que carece de alma. De hecho, si me miro en el espejo, me devuelve el rostro de un individuo también desalmado porque se trata de un espejo afligido, enlutado, incapaz de reflejar otra cosa que no sea el dolor. ¿Cómo se le insufla el alma a la habitación de un hotel? Ni idea. Bastante tiene el viajero con que no le arrebate la propia.
Aceptar la deuda como una forma de vida implica ir siempre con la lengua fuera. Pero así es como van todos los países, al menos todos los de «nuestro entorno». Poco a poco, los ignorantes nos vamos enterando de que la crisis en la que chapoteamos es la crisis de la deuda. Nos hemos empeñado hasta las cejas para adquirir bienes de los que ahora no podremos disfrutar porque el mantenimiento es muy caro. Es lo que ocurre cuando te compras un Mercedes, que los repuestos y las reparaciones salen por un ojo de la cara. Por eso usted y yo no tenemos un Mercedes. A lo mejor, empeñándonos, podríamos habernos hecho con uno. Bien, ya lo tenemos en el garaje o en la calle. Pero ahora, además de pagar los plazos, tenemos que invertir en su bienestar. Y no cuesta lo mismo el bienestar de un coche grande que el de uno pequeño.
Cabe preguntarse si Europa ha construido en los últimos años demasiadas autopistas, demasiados kilómetros de vía ferroviaria, si ha ido más de la cuenta a la peluquería. Quien dice a la peluquería, dice a la clínica de estética. A ver si la vieja Europa se ha estado haciendo estiramientos o inyectándose bótox a cuenta de los contribuyentes. Si la cara de Berlusconi fuera la metáfora del actual rostro de Europa, significa que sí, que se ha operado, pero que no ha pagado la cuenta.
La relación entre el acreedor y el endeudado se parece un poco a la de la víctima con el verdugo, es decir, que están hechos el uno para el otro. Aquí conocemos a las víctimas, que son directamente las naciones (¿soberanas?) e indirectamente los que desviamos parte de nuestro salario a la hacienda pública cada mes. Ser las víctimas indirectas no es un gran consuelo, ni siquiera de orden moral, pues para llegar a esta situación algún grado de complicidad hemos debido de tener con quienes nos endeudaban.
En todo caso, conocemos los nombres de los deudores, pero aún no se ha publicado el de los acreedores. Y ya va siendo hora. Hablar de los mercados en general es no decir nada. De acuerdo, supongamos que usted y yo debemos equis euros (lo que nos corresponde de nuestra deuda ¿soberana?), pero a quién. Si nos van a estrangular, nos gustaría conocer al menos el nombre de pila del estrangulador, aunque para matarnos se ponga una capucha.
Lo mejor, con todo, de todo este asunto es la solicitud de «moderación en el consumo de las cabezas de los crustáceos». Dicho así, parece que pertenecemos a una cultura devoradora de cerebros. Si un extraterrestre captara por casualidad esta noticia con sus antenas, recomendaría a sus colegas evitar la Tierra:
—¡Los terrícolas son comedores de encéfalos!
La verdad es que comemos pocos crustáceos, y menos que vamos a comer aún con la crisis. Por lo visto, el cadmio, otro metal pesado que ni siquiera sirve para medir la fiebre, se infiltra en el cerebro de los centollos y desde ahí, una vez ingerido, ataca el hígado y el riñón de los seres humanos. La Agencia Española de Seguridad Alimentaria y Nutrición (Aesan), de la que proceden estas recomendaciones, no dice que dejemos de consumir las cabezas de los crustáceos, sino que lo hagamos con moderación. ¿Cómo se come uno el carro de un buey de mar moderadamente? Ni idea. Lo que sí sabemos es que en el futuro nos lo comeremos con asco, por el cadmio. La anorexia empieza por la aversión a la comida, de modo que no sería raro que nos volviéramos una sociedad anoréxica. De momento, en casa hemos tirado a la basura las latas de atún, que eran tan socorridas para la tortilla de la cena frugal.
La visita del Papa a España: cincuenta millones de euros. En pesetas da tanta vergüenza que preferimos no ponerlo, para no parecer tendenciosos. Se podrían tapar millones de agujeros. Imaginen, si no, el número de panes y de peces que caben en esa cifra mareante. Por cierto, que un compañero del colegio al que saludo desde aquí (qué tal, Ricardo) tenía un problema de dislexia, o de dislalia, ahora no caigo, debido al cual se refería al milagro de la multiplicación de los panes y los peces como al «portento de las paces y los penes». Lo mezclaba todo, el pobre, por lo que era cruelmente castigado. Le curaron la dislexia, o la dislalia, a bofetones al tiempo de convertirlo en un ateo contumaz. A ver si le llamo. La visita del Papa a España deviene de este modo en un milagro inverso, pues en vez de utilizarse para multiplicar los panes y los peces, se derrocha en fastos absurdos.
Hay un foro de curas indignados con este asunto. Todos ellos trabajan en barrios marginales y tratan de ayudar como pueden a las familias de sus parroquias, que las están pasando canutas con la crisis. Estos sacerdotes, agrupados en el llamado Foro de Curas de Madrid, han difundido un documento titulado «Los mecenas de Rouco», en el que critican con conocimiento de causa a las empresas que se encuentran tras la fundación Madrid Vivo, patrocinadora de la Jornada Mundial de la Juventud 2011, encargada de la mencionada visita del Papa. Esas empresas desmultiplicadoras de los panes y los peces (o de las paces y los penes, como ustedes prefieran) son en gran medida responsables de la situación actual. Algunas de ellas, pese a presentar cuentas de resultados millonarias, se pasan el día despidiendo gente a la que luego han de atender los curas de barrio.
«No podéis servir a Dios y al dinero», dicen ingenuamente los sacerdotes indignados. Pero sí pueden. Es, de hecho, a lo que se dedican con la ayuda inestimable del cardenal Rouco. Nunca habríamos imaginado que Dios necesitara de patrocinadores, de padrinos, de publicistas. Tampoco que Dios deviniera en un producto de consumo. Sin embargo, la visita del Papa a Madrid se está tratando como el gran evento comercial del siglo.